Este spot de Air France 2011 se llamó "El vuelo", sus bailarines son Benjamin Millepied y Virginie Caussin, el lugar: en el desierto marroquí, Ouarzazate, un espejo de 400 metros cuadrados que reflejaba al cielo y a los bailarines la música: adagio del concierto para piano número 23 de Mozart, por la orquesta sinfónica "Les Siecles"
fotografía de Mónica Pía (orillas del río Colorado, Neuquén, 2013)
Heme aquí raíz, savia de impulsos ascendentes, madre aún, posible siempre, anticipada gestación de un porvenir intruso, intrusa de un presente que desestima el valor de nacer a sí mismo de nuevo. Heme aquí clavando mis ojos de savia encarcelada en los troncos vacíos de los árboles muertos, heme aquí creyendo, queriendo creer en la impostura de las ruinas, en el candor del desastre, el valor de lo opaco, la calidez del humo en los rescoldos. Heme aquí, heme aquí, he aquí que me atrevo a creer en las ruinas.
¡Me atrevo a creer en las ruinas!
Chantal Maillard, "Heme aquí raíz" en "Conjuros", 2001
Dios
me creó para niño, y me mantuvo niño siempre. ¿Pero por qué permitió que la
Vida me golpease y me quitase los juguetes, y me dejase solo en el recreo,
arrugando con manos tan débiles el delantal azul sucio a fuerza de tantas
lágrimas derramadas? ¿Si yo no podía vivir sino mimado, por qué me privaron del
cariño? Ah, cada vez que veo en las calles un niño que llora, un niño exiliado
de los otros, me duele, más que la tristeza del niño, el horror desprevenido de
mi corazón exhausto. Me sufro con todo el peso de la vida sentida, y son mías
las manos que retuercen la punta del delantal, mías las bocas torcidas por el
llanto verdadero, mía la debilidad, mía la soledad, y las risas de la vida
adulta que pasa me usan como luces de fósforos frotados en el estuche sensible
de mi corazón.
Fernando Pessoa como Bernardo Soares, "407" en "Libro del desasosiego", Emecé, 2010
Era hermoso el viejo yo lo sabía sabio y encontré verdades sin medida en sus palabras, su mandato fue definitivo. (¿Cómo entendía?) Cuando viajé a Mileto para alcanzar la sabiduría, dejé todo atrás, me apuré, trabajé hasta tarde,amanecí temprano; o usé vestimentas simples o intrincadas nada se perdía, cada vestido significaba algo, “cada gesto es sabio”, él pensó; “nada está perdido” él dijo; me fui tarde a la cama o temprano, atrapé el sueño amanecí soñando y escribimos filosofía en el contenido del sueño, yo era el contenido. ………………………………………………………… Oh, él era bello aún cuando aplastaba las palabras contra los dientes, él dijo, “pronto estaré muerto debo aprender de los jóvenes”. Su tiranía era absoluta, por lo que tuve que amarlo, tuve que reconocer que estaba más allá de los otros hombres, cerca de Dios (era tan viejo) tuve que rogarle perdón, él lo aceptó con su vieja cabeza tan sabia, tan hermosa con su boca tan joven y sus ojos. Oh Dios, deja que para él haya sorpresas en el cielo, porque nadie salvo tú puedes inventar algo apropiado para él, tan hermoso. ………………………………………………………... Tuve dos amores separados; sólo Dios, quien ama las montañas, sabía por qué y entendió y le dijo al viejo que explique lo imposible lo cual él hizo. ¿Qué le habrá dado Dios al viejo, que hizo esto posible? ………………………………………………………... No, no vacilé, vi todo el milagro, sabía que el viejo volvía esto soportable, pero ¿cómo podía él ver, más allá, lo imposible? ¿Cómo pudo saber que cada gesto de esta bailarina sería hierático? Palabras fueron garabateadas en papiros palabras fueron escritas cuidadosamente, cada palabra fue separada aún cada palabra dirigida a otra palabra, y todo hizo ritmo en el aire, hasta ahora no adivinado, ignorado. Yo estaba enojada con el viejo, quería una respuesta, una pulcra respuesta, cuando discutí y dije “bueno, dígame, usted morirá pronto, el secreto yacerá con usted”, él dijo, “eres poeta”; No deseaba ser tratada como una niña, una débil, entonces dije, (estaba enojada) “no puedes durar para siempre, el fuego de la sabiduría se va contigo, he viajado hasta Mileto, no puedes permanecer mucho más con nosotros, he venido por una respuesta”. Estaba enojada con el viejo, con su charla sobre la fuerza del hombre, estaba enojada con su misterio, con sus misterios, discutí hasta que el día terminó. Oh, era tarde, y Dios perdonará mi furia, pero yo no podía aceptar. Él perturbará el pensamiento de los hombres aún por mucho tiempo, ellos viajarán a lo ancho y a lo largo discutirán todos sus trabajos escritos, su pluma será sagrada construirán un templo y guardarán sus escritos, y los hombres vendrán y pelearán pero él estará a salvo; erigirán templos en su nombre, su fama será tan grande que cualquiera que lo haya conocido también será aclamado maestro, profetizar, interpretar. Sólo yo, yo escaparé. Y fue él, él mismo, quien me liberó de profetizar, él no dijo “quédate, mi discípula”, no dijo, “escribe, cada palabra que yo diga será sagrada”, no dijo “enseña” no dijo, “cura o pon el sello a documentos en mi nombre”. No, él era bastante indiferente, “no discutiremos eso” (dijo) “eres poeta”. Entonces me alejé algo cegada por esa clase terrible de lágrimas que no caen; dije adiós y vi su vieja cabeza cuando se daba vuelta mientras abandonaba la habitación dejándome sola con sus viejos trofeos, los mármoles, los vasos, la esfinge de piedra, los viejos, viejos cántaros egipcios; me dejó sola con esas cosas y su vieja espalda estaba encorvada. Hilda Doolittle, Fragmento de su poema "El Maestro", dedicado a Freud, Traducción Martha Pérez, El Sigma, 18/08/05
La
mirada, la mía, adherida a los chirridos de las cosas. Mundo de silencio. Yo
preciso inventarme en la noche, con palabras que tanto me cuestan. Y es siempre
la sed ávida, aviesa, triste, como llevar un color marchito en la mano, una
pluma desplumada. Me trago mi sed, me la bebo, la rumio con hastío invisible.
Cada noche mi mirada se rebela. Mis ojos se toman en serio, se recuerdan, se
comprometen: descartan los muelles y el río y los libros y las caras que
sucedieron bajo el sol de agosto. Se abren mis ojos. Me obligan a seguirlos por
altitudes de sombra y silencio y vientos y frío.
Pero para saberlo necesito escribir.
Sola no puedo enterarme de mí ni lo deseo. La complicidad de la palabra que mis
ojos enjaulan es una especie de campana de mi soledad. Cuando leo que dije
soledad o silencio me descubro al instante, en un rincón de la habitación
miedosa y perdida pero reencontrada de alguna manera. Aunque nada de esto tenga
que ver con la validez o deficiencia de lo que escribo, sé, de una manera
visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago,
es lejano, pero lo sé y lo aseguro. Tal vez ya sienta los síntomas iniciales:
dolor en donde se respira, sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna
herida que no ubico.
Alejandra
Pizarnik, fragmento del 11 de agosto de 1962 en “Diarios”, Lumen, 2010