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martes, 8 de mayo de 2018

"amiguita des lettres"



El amor de Pizarnik por Aurora y Julio Cortázar, expresado hermosamente en las dedicatorias de algunas de sus obras:









Las cartas entre ellos también decían mucho de lo que se querían y lo cercanos que eran, a pesar de la distancia. 

A continuación, el final de una carta de Pizarnik y la respuesta de Cortázar, setiembre 1971. (Ella se suicidó el 25 de septiembre de 1972, un año después de escribir esta carta.):


“P.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas)”.

A lo que Julio respondió:


“Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio (septiembre de 1971)”.






martes, 2 de junio de 2015

...te van a escribir mis huesos


.....................................

Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.

Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.

Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.


Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.

Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.






Miguel Hernández, fragmento de "Carta"
http://www.poesi.as/mh3810.htm



martes, 19 de mayo de 2015

"sin trama y sin final"


Antón Chéjov, “Sin trama y sin final",  Selección de pasajes de su correspondencia por Piero Brunello, profesor de la Universidad de Venecia, 2002




La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la libertad.

(de su cuaderno de apuntes)

………………


Escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.

(a Maksim Gorki, Yalta, 18 de enero de 1899)



........................


Escriba una novela. Escríbala durante un año entero, luego acórtela durante medio año y después publíquela. Usted lima poco, y un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.

(a Lidia Avílova, San Petersburgo, 15 de febrero de 1895)


........................


No inventes sufrimientos que no has experimentado, no describas paisajes que no has visto, ya que en un cuento la mentira resulta más molesta que en una conversación.

(a Aleksandr Chéjov, Moscú, 6 de abril de 1886)










martes, 6 de enero de 2015

"hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie..."


Hay cosas y cosas...
que acaban llegando tan tarde...


mi deseo para este año:
¡escribamos a tiempo!



Hay cosas que te escribo en cartas
para no decirlas
Hay cosas que escribo en canciones
para repetirlas
..........







Rosana y Abel Pintos, "Carta urgente"

miércoles, 3 de diciembre de 2014

escribir cartas...



139

Aprendí a escribir para escribirte cartas
Aprendí a leer para leer tus cartas
Aprendí a contar para contar tus cartas
Aprendí a caminar para no hacer ningún paso hacia ti.


189

Voy a escribirte cartas
donde no habrá ni una palabra
de coquetería, de juego, de bravata,
de halago, de mentira, de afectación,
de piedad, de insolencia, de maldad,
de especulación, de alienación…
Voy a escribirte cartas
donde no habrá ni una palabra.





Vera Pavlova, 139 y 189 en “Letras a la habitación de al lado. Mil y un poemas de amor"



viernes, 31 de octubre de 2014

carta lacaniana


Señor Contador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires S / D


    Señor: me dirijo a usted y por su intermedio a la Comisión Directiva de esa institución para dejar constancia escrita, vale decir "a la letra" (cfr. Écrits) de que en el acto de pago a mis conferencias sobre Edgar Poe ha quedado un residuo, como diría el doctor Lacan, que usted, como psicoanalista, debería poder analizar. Ante todo: me doy cuenta de la incompatibilidad que existe entre la función de contador y la de analista. El analista escucha; el que cuenta, o sea el contador, es el paciente. Que usted, doctor, deba sobrellevar en la Escuela Freudiana un cargo, el de contador, por completo antagónico con su profesión habitual, nos ha creado quizá este pequeño problema que, sin embargo, no puede ser resuelto transfiriéndomelo a mí. En cuestiones de sexo y de dinero, me han dicho que ha dicho Freud, hay que hablar claro. Puede que yo no fuera del todo explícito cuando fijé mis honorarios en setecientos cincuenta mil pesos por conferencia, pero muy oscuro no puedo haber sido puesto que eso fue, exactamente, lo que se me pagó por mi primera charla, y, para que la exactitud resultara incluso cronológica, tal pago se efectuó la misma noche del acto. Connotaciones prostibularias al margen, le hago notar que, en cambio, para mi segunda charla no sólo se decidió mitigar mis honorarios, sino que, concluido el acto, no había nadie en su oficina siquiera para informarme de la informal merma. Al día siguiente, y por procuración, me enteré de que sólo recibiría dos tercios de lo acordado (y, si no acordado, al menos re-cordado, por mí, que tenía presente lo acontecido la semana anterior), dos tercios, hago notar de paso, aleatoriamente desvalorizados por la súbita caída del peso argentino, devaluación que ni usted ni yo podíamos prever, aunque quizá el homo económicus que hay en usted, estimado contador-analista, esté más capacitado que yo para evaluar.

    O de otro modo: siento que, por lo menos, se me adeudan doscientos cincuenta mil pesos. Y digo "por lo menos" no porque reclame indexación por la citada caída del peso, sino porque, en casos como éste, se acostumbra, por lo menos, la cortesía de una disculpa.

    No he consultado esto con mi analista porque, acaso desdichadamente, no me analizo, tal vez usted pueda consultarlo con el suyo y lleguemos finalmente a un cuerdo acuerdo. Mientras tanto le confieso que mi planteo es puramente ético. Y por más de una razón. Si usted, doctor, ha leído bien a Freud y a Lacan advertirá, en primer término, que si yo no cobro por lo que hago, en realidad estoy pagando. Llamémosle a esto complejo de culpa y verá en qué aprieto me pone usted con su actitud: ¿qué error o falta de decoro cometí yo al dar esas conferencias (o antes, tal vez en mi infancia) para tener que pagar por ellas? Si no cobro, señor, deberé tal vez analizarme para descubrirlo, lo cual, espantosamente, me obligaría a pagar acaso innumerables sesiones a un psicoanalista para re-cobrar, pagando, lo que pagué por no cobrar. No puede ser ésta la solución. A menos que mi analista fuera usted y yo no le pagara, o yo lo analizara a usted cobrándole lo que me debe por mis conferencias, más unos centavos simbólicos, para evitarle una mala transferencia.

    La otra cuestión ética, es casi estética. Soy escritor. Hace veinticinco años que vengo luchando por la dignidad del trabajo intelectual. En una sociedad como la nuestra, parte de esa dignidad consiste en que la inteligencia sirva, materialmente, para vivir. Si usted hubiese estado presente en mis charlas sobre Edgar Poe ya sabría qué significó para ese hombre, asumir esa ética. Sin contar con que, de haber estado usted, la deuda de su institución conmigo sería menor en veinte mil pesos, ya que, poéticamente al menos, su pago de la entrada habría llegado a destino, como la carta famosa que recuperó el chevalier Dupin y que analizó el doctor Lacan. Pero acaso juzgo mal y usted estuvo. Entonces, señor, quedo su amigo, pues usted como analista ya pagó, aunque no a mí, y en todo caso escuchó lo que pienso sobre la ética, la poesía y la inteligencia, y no hace falta repetirlo.

Si esto es así, me disculpo yo. Y, al desagraviarlo, desagravio en efigie a toda la comisión directiva de la Escuela Freudiana, a la que dono esa residual tercera parte de mis honorarios para que, por ejemplo, hagan arreglar el micrófono que no siempre funciona como debe, por decirlo así.

    Saludo en usted cordialmente al analista, me despido para siempre del contador y, si ha tenido la paciencia de leer hasta el fin esta carta, deploro que esa paciencia lo haya convertido, por un rato, en mi paciente.





Abelardo Castillo, "Carta lacaniana" en “Las palabras y los días”, Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, San Pedro, 1981




jueves, 28 de agosto de 2014

Tinta. Mi único consuelo.



dedicatoria de Alejandra Pizarnik para Aurora y Julio Cortázar, en su libro "Árbol de Diana",
http://cvc.cervantes.es/literatura/libros_cortazar/libros_firmados04.htm



1957 - Noviembre, domingo 24

Desalentada por mi poesía. Abortos, nada más. Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme. Aparte de ello no olvido lo correspondiente al lenguaje, expresión, etc., materias en las que soy una completa intrusa.


1959 - 24 de junio

Yo debiera pintar. La literatura es tiempo. La pintura es espacio. Y yo odio el tiempo y querría abolirlo. Pero ni la pintura. Hablo de poder expresarme en un arte que fuera como un aullido en lo oscuro, terriblemente breve e intenso como la muerte.


1959 - Lunes, 28 de diciembre

El peligro de mi poesía es una tendencia a la disecación de las palabras: las fijo en el poema como con tornillos. Cada palabra se hace de piedra. Y ello se debe, en parte, a mi temor de caer en un llanto trágico. Y también el temor que me provocan las palabras. Además, mi desconfianza en mi capacidad de levantar una arquitectura poética. De allí la brevedad de mis poemas.


1969 - Domingo, 10 de agosto (madrugada)

Acaricié el sueño de vivir sin tomar notas, sin escribir un diario. El fin consistía en transmutar mis conflictos en obras, no en anotarlos directamente. Pero me asfixio y a la vez me marea el espacio infinito del vivir sin el límite de un "diario".

Busco una solución pues debiera buscar un puñal.




Alejandra Pizarnik, fragmentos de "Diarios", edición a cargo de Ana Becciu, Lumen, 2010