Mostrando entradas con la etiqueta psicoanálisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicoanálisis. Mostrar todas las entradas
martes, 1 de mayo de 2018
viernes, 21 de noviembre de 2014
Sigmund Freud - Hilda Doolittle (1)
Era hermoso
el viejo
yo lo sabía sabio
y encontré verdades sin medida
en sus palabras,
su mandato
fue definitivo.
(¿Cómo entendía?)
Cuando viajé a Mileto
para alcanzar la sabiduría,
dejé todo atrás,
me apuré,
trabajé hasta tarde,amanecí temprano;
o usé vestimentas simples
o intrincadas
nada se perdía,
cada vestido significaba algo,
“cada gesto es sabio”,
él pensó;
“nada está perdido”
él dijo;
me fui tarde a la cama
o temprano,
atrapé el sueño
amanecí soñando
y escribimos filosofía en el contenido del sueño,
yo era el contenido.
…………………………………………………………
Oh, él era bello
aún cuando aplastaba las palabras
contra los dientes,
él dijo,
“pronto estaré muerto
debo aprender de los jóvenes”.
Su tiranía era absoluta,
por lo que tuve que amarlo,
tuve que reconocer que estaba
más allá de los otros hombres,
cerca de Dios
(era tan viejo)
tuve que rogarle
perdón,
él lo aceptó
con su vieja cabeza
tan sabia,
tan hermosa
con su boca tan joven
y sus ojos.
Oh Dios,
deja que para él haya sorpresas en el cielo,
porque nadie salvo tú puedes inventar
algo apropiado
para él,
tan hermoso.
………………………………………………………...
Tuve dos amores separados;
sólo Dios, quien ama las montañas,
sabía por qué
y entendió
y le dijo al viejo
que explique
lo imposible
lo cual él hizo.
¿Qué le habrá dado Dios al viejo,
que hizo esto posible?
………………………………………………………...
No,
no vacilé,
vi todo el milagro,
sabía que el viejo volvía esto soportable,
pero ¿cómo podía él ver, más allá,
lo imposible?
¿Cómo pudo saber
que cada gesto de esta bailarina
sería hierático?
Palabras fueron garabateadas en papiros
palabras fueron escritas cuidadosamente,
cada palabra fue separada
aún cada palabra dirigida a otra palabra,
y todo hizo ritmo
en el aire,
hasta ahora no adivinado,
ignorado.
Yo estaba enojada con el viejo,
quería una respuesta,
una pulcra respuesta,
cuando discutí y dije “bueno, dígame,
usted morirá pronto,
el secreto yacerá con usted”,
él dijo,
“eres poeta”;
No deseaba ser tratada como una niña, una débil,
entonces dije,
(estaba enojada)
“no puedes durar para siempre,
el fuego de la sabiduría se va contigo,
he viajado hasta Mileto,
no puedes permanecer mucho más con nosotros,
he venido por una respuesta”.
Estaba enojada con el viejo,
con su charla sobre la fuerza del hombre,
estaba enojada con su misterio, con sus misterios,
discutí hasta que el día terminó.
Oh, era tarde,
y Dios perdonará mi furia,
pero yo no podía aceptar.
Él perturbará el pensamiento de los hombres
aún por mucho tiempo,
ellos viajarán a lo ancho y a lo largo
discutirán todos sus trabajos escritos,
su pluma será sagrada
construirán un templo
y guardarán sus escritos,
y los hombres vendrán
y pelearán
pero él estará a salvo;
erigirán templos en su nombre,
su fama
será tan grande
que cualquiera que lo haya conocido
también será aclamado maestro,
profetizar,
interpretar.
Sólo yo,
yo escaparé.
Y fue él, él mismo, quien me liberó
de profetizar,
él no dijo
“quédate,
mi discípula”,
no dijo,
“escribe,
cada palabra que yo diga será sagrada”,
no dijo “enseña”
no dijo,
“cura
o pon el sello
a documentos en mi nombre”.
No,
él era bastante indiferente,
“no discutiremos eso”
(dijo)
“eres poeta”.
Entonces me alejé
algo cegada por esa clase terrible de lágrimas
que no caen;
dije adiós
y vi su vieja cabeza
cuando se daba vuelta
mientras abandonaba la habitación
dejándome sola
con sus viejos trofeos,
los mármoles, los vasos, la esfinge de piedra,
los viejos, viejos cántaros egipcios;
me dejó sola con esas cosas
y su vieja espalda estaba encorvada.
Hilda Doolittle, Fragmento de su poema "El Maestro", dedicado a Freud, Traducción Martha Pérez, El Sigma, 18/08/05
viernes, 31 de octubre de 2014
carta lacaniana
Señor
Contador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires S / D
Señor: me dirijo a usted y por su intermedio a
la Comisión Directiva de esa institución para dejar constancia escrita, vale
decir "a la letra" (cfr. Écrits) de que en el acto de pago a mis
conferencias sobre Edgar Poe ha quedado un residuo, como diría el doctor Lacan,
que usted, como psicoanalista, debería poder analizar. Ante todo: me doy cuenta
de la incompatibilidad que existe entre la función de contador y la de
analista. El analista escucha; el que cuenta, o sea el contador, es el
paciente. Que usted, doctor, deba sobrellevar en la Escuela Freudiana un cargo,
el de contador, por completo antagónico con su profesión habitual, nos ha
creado quizá este pequeño problema que, sin embargo, no puede ser resuelto
transfiriéndomelo a mí. En cuestiones de sexo y de dinero, me han dicho que ha
dicho Freud, hay que hablar claro. Puede que yo no fuera del todo explícito
cuando fijé mis honorarios en setecientos cincuenta mil pesos por conferencia,
pero muy oscuro no puedo haber sido puesto que eso fue, exactamente, lo que se
me pagó por mi primera charla, y, para que la exactitud resultara incluso
cronológica, tal pago se efectuó la misma noche del acto. Connotaciones
prostibularias al margen, le hago notar que, en cambio, para mi segunda charla
no sólo se decidió mitigar mis honorarios, sino que, concluido el acto, no
había nadie en su oficina siquiera para informarme de la informal merma. Al día
siguiente, y por procuración, me enteré de que sólo recibiría dos tercios de lo
acordado (y, si no acordado, al menos re-cordado, por mí, que tenía presente lo
acontecido la semana anterior), dos tercios, hago notar de paso, aleatoriamente
desvalorizados por la súbita caída del peso argentino, devaluación que ni usted
ni yo podíamos prever, aunque quizá el homo económicus que hay en usted,
estimado contador-analista, esté más capacitado que yo para evaluar.
O de otro modo: siento que, por lo menos,
se me adeudan doscientos cincuenta mil pesos. Y digo "por lo menos"
no porque reclame indexación por la citada caída del peso, sino porque, en
casos como éste, se acostumbra, por lo menos, la cortesía de una disculpa.
No he consultado esto con mi analista
porque, acaso desdichadamente, no me analizo, tal vez usted pueda consultarlo
con el suyo y lleguemos finalmente a un cuerdo acuerdo. Mientras tanto le
confieso que mi planteo es puramente ético. Y por más de una razón. Si usted,
doctor, ha leído bien a Freud y a Lacan advertirá, en primer término, que si yo
no cobro por lo que hago, en realidad estoy pagando. Llamémosle a esto complejo
de culpa y verá en qué aprieto me pone usted con su actitud: ¿qué error o falta
de decoro cometí yo al dar esas conferencias (o antes, tal vez en mi infancia)
para tener que pagar por ellas? Si no cobro, señor, deberé tal vez analizarme
para descubrirlo, lo cual, espantosamente, me obligaría a pagar acaso
innumerables sesiones a un psicoanalista para re-cobrar, pagando, lo que pagué
por no cobrar. No puede ser ésta la solución. A menos que mi analista fuera
usted y yo no le pagara, o yo lo analizara a usted cobrándole lo que me debe
por mis conferencias, más unos centavos simbólicos, para evitarle una mala
transferencia.
La otra cuestión ética, es casi estética.
Soy escritor. Hace veinticinco años que vengo luchando por la dignidad del trabajo
intelectual. En una sociedad como la nuestra, parte de esa dignidad consiste en
que la inteligencia sirva, materialmente, para vivir. Si usted hubiese estado
presente en mis charlas sobre Edgar Poe ya sabría qué significó para ese
hombre, asumir esa ética. Sin contar con que, de haber estado usted, la deuda
de su institución conmigo sería menor en veinte mil pesos, ya que, poéticamente
al menos, su pago de la entrada habría llegado a destino, como la carta famosa
que recuperó el chevalier Dupin y que analizó el doctor Lacan. Pero acaso juzgo
mal y usted estuvo. Entonces, señor, quedo su amigo, pues usted como analista
ya pagó, aunque no a mí, y en todo caso escuchó lo que pienso sobre la ética,
la poesía y la inteligencia, y no hace falta repetirlo.
Si
esto es así, me disculpo yo. Y, al desagraviarlo, desagravio en efigie a toda
la comisión directiva de la Escuela Freudiana, a la que dono esa residual
tercera parte de mis honorarios para que, por ejemplo, hagan arreglar el
micrófono que no siempre funciona como debe, por decirlo así.
Saludo en usted cordialmente al analista,
me despido para siempre del contador y, si ha tenido la paciencia de leer hasta
el fin esta carta, deploro que esa paciencia lo haya convertido,
por un rato, en mi paciente.
Abelardo
Castillo, "Carta lacaniana" en “Las palabras y los días”, Editorial Seix Barral, Biblioteca
Breve, San Pedro, 1981
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
